Cinco lados y cinco ángulos humanos

El libro “Pentágono” ha descubierto un tesoro olvidado y escondido en los Balcanes. Con claridad y estilo propio, el autor, Héctor Martínez, pone sobre la mesa cinco talentos europeos, rumanos, cuyo origen ha sido múltiplemente ignorado o mencionado con la boca pequeña. Sin duda, el libro “Pentágono” recibe un impulso de valentía y reconocimiento sin tapujos, eleva a su justo lugar, artístico e intelectual, el gentilicio “rumano” y lo coloca en el escenario mundial de la cultura.
Al pasar las páginas de “Pentágono” se abren ante nosotros cinco ángulos, cinco puntos de vista de las artes, del pensamiento y de la literatura, a los que hay que añadir la sexta perspectiva sugerida desde Héctor Martínez. Por ejemplo, penetramos la obra de Brancusi casi al mismo tiempo que Martínez Sanz, o nos abrimos al pensamiento de Cioran, Eliade, Tzara e Ionesco, en quienes el autor refleja un amplio conocimiento previo derivado de sus estudios filosóficos y literarios. Sobre todo, filosóficos. Razón de ello es que Cioran y Eliade tengan un tratamiento menos sintético, más extenso y recreativo teóricamente, así como Tzara, Ionesco y Brancusi un rol más práctico y ejemplificador, dentro del pensamiento crítico del Occidente que sirve de marco general a la obra.
Recorremos el último siglo de la humanidad, el s. XX, a través de estos cinco nombres. Pero también es cierto que Héctor Martínez aprovecha la obra de cada autor para llevarnos a ese “paso atrás” que describió Martin Heidegger. No un paso atrás cronológico, sino un distanciamiento que logre reencontrar el camino que, desde los inicios, nos permita reelaborar y ahondar en lo no pensado, y abandonar la senda de la repetición. Acaso, la reactualización de lo originario que describe Eliade como algo siempre nuevo -y por pensar-, el punto cero que quiso representar Tzara derogando todo lo ya hecho, la sutil simplificación del lenguaje escultórico de Brancusi traspasándonos con el mito, la suspensión del tiempo, el derrumbe de los sistemas, la invalidación del lenguaje, la afirmación del sinsentido vital, el problema de la divinidad, la agonía y la incertidumbre de un ser humano inseguro y perplejo ante su entorno. Todo ello son temas encadenados unos a otros, y a los que vamos accediendo, saltando, de párrafo en párrafo a lo largo y ancho de “Pentágono”.
No es un libro difícil o abstruso frente a lo que podría pensarse dentro del género del ensayo. Con tales contenidos filosóficos, lingüísticos, o artísticos, sin embargo, la prosa es llana y franca, sencilla, fácil de seguir en una lectura calmada. En ella, probablemente, vuelve a predominar un lema orteguiano que ya dejó caer Héctor Martínez en obras y artículos anteriores, y que sigue a rajatabla: “no es labor del filósofo escribir mal”. En este sentido, Héctor Martínez presenta en “Pentágono” temáticas arduas, plenamente consciente de la necesidad de la claridad y la precisión léxica. Dicho de otro modo, lo complicado o lo metafórico de los contenidos no deben retorcerse con un lenguaje oscuro, porque, explicando a Ortega y Gasset, el filósofo no es aquél que escribe de forma ininteligible para disimular profundidad y hondura, sino aquél que intenta hacer comprensible lo que, por su profundidad y hondura, aparentemente no lo es. O incluso aquello que, tan sencillo y evidente, se escapa de nuestra vista.
En conclusión, como libro indispensable, la calidad y la claridad de pensamiento de “Pentágono” y de su autor, lo convierten en un auténtico diamante en el circuito editorial.